Dentro de la cosmovisión mexica, el tránsito de las almas hacia el Mictlán contemplaba el paso por el río Chiconahuapan, un obstáculo donde la presencia de un perro resultaba fundamental. Sin embargo, diversos relatos antropomórficos y orales señalan que la disposición del animal para auxiliar al difunto dependía directamente de su pelaje.
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El mito del pelaje en el río Chiconahuapan
De acuerdo con estas narraciones, los canes de color blanco rechazaban cruzar el cauce para mantener su limpieza, mientras que los ejemplares negros se negaban al considerar que su piel ya estaba manchada. De este modo, únicamente los perros de tonalidad bermeja, café o gris jaspeado asumían la tarea de guiar al alma a través del agua para permitirle continuar su trayecto hacia el encuentro con Mictlantecuhtli.
Hallazgos arqueológicos y la figura del xoloitzcuintle
Aunque la cultura popular actual otorga este rol de forma casi exclusiva al xoloitzcuintle, la investigación arqueológica ofrece un panorama más amplio. Los análisis realizados en entierros prehispánicos, como los hallazgos registrados en Tula, Hidalgo —donde se identificaron restos de aproximadamente 30 canes de diversas clases y edades—, demuestran que los antiguos pobladores no enterraban únicamente a ejemplares sin pelo.

La asociación entre los canes y el inframundo respondía a una visión integral sobre el ciclo de la materia y la transformación orgánica. Por ello, la función de acompañante espiritual no se restringía a una sola raza, sino a la figura del perro como un vínculo simbólico entre el plano terrenal y el destino final de las almas.
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