La construcción del Tren Interoceánico se perfila hoy como un emblema de corrupción disfrazado de modernidad. Desde su origen, este megaproyecto ha estado plagado de irregularidades financieras detectadas en múltiples auditorías, revelando un manejo opaco de los recursos públicos. Más allá de las fallas técnicas, la obra ha dejado a su paso una estela de tragedia y descontento social, cuestionando seriamente la legitimidad de su ejecución gubernamental.
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