En el corazón de Berriozábal, el silencio de la represa se rompe cada 22 de enero para dar paso a un rito que fusiona la devoción religiosa con la supervivencia comunitaria: el lavado de los manteles sagrados de San Sebastián. Más que una labor de limpieza, esta tradición ancestral es una petición colectiva convertida en movimiento; entre el sonido de la marimba y el golpe de la tela contra las bateas antiguas, las lavanderas custodian una herencia que busca garantizar que el vital líquido nunca falte en sus tierras. Para estas mujeres, herederas de un oficio sagrado, cada gota de agua y cada fibra textil representan una promesa de vida y gratitud que se niega a desaparecer con el paso de las generaciones.
Jorge David Pérez.
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