En la costa del Pacífico mexicano existe un punto donde el tiempo parece detenerse y la naturaleza dicta sus propias reglas. Se trata de Boca del Cielo, un santuario de biodiversidad en Chiapas que se ha consolidado como el destino predilecto para quienes buscan escapar del turismo de masas y presenciar un fenómeno geográfico fascinante: la unión del agua dulce con el salitre oceánico.
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¿Qué hace a Boca del Cielo un destino único?
Ubicado en el municipio de Tonalá, este paraje debe su nombre a la impresionante línea del horizonte donde el azul del mar se funde con el firmamento. Su configuración es la de una bocabarra natural, un estrecho brazo de arena que sirve de frontera entre la serenidad de la Laguna de Joya Buenavista y la bravura del Océano Pacífico.

Esta dualidad permite que el viajero experimente dos mundos en un solo lugar:
- La laguna: Un espejo de agua tranquila, ideal para recorrer en cayuco o nadar sin preocupaciones.
- El mar abierto: Una ventana al Pacífico con oleaje vigoroso y brisas que limpian el espíritu.
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Boca del Cielo: un refugio de vida silvestre y manglares
Llegar a este paraíso es una aventura en sí misma. El acceso principal requiere un paseo en lancha a través de los manglares, ecosistemas vitales que sirven de hogar a garzas, pelícanos y diversas especies migratorias.
Además de su belleza escénica, Boca del Cielo es un pilar de la conservación ambiental en el sureste mexicano. Es un sitio crítico para la anidación de la tortuga golfina. Dependiendo de la temporada, los visitantes pueden ser testigos del emotivo proceso de liberación de crías, un recordatorio del compromiso ecológico de la comunidad local.
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A diferencia de los grandes complejos hoteleros, aquí impera el turismo sustentable y rústico. La oferta de hospedaje se centra en cabañas y palapas situadas a pie de playa.
Boca del Cielo no es solo un punto en el mapa; es una experiencia sensorial que equilibra la aventura, la calma y el respeto por el entorno natural.
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